Centro de pensamiento e investigacion en ciencias sociales

Arrendires, memoria y escritura histórica: una nota sobre el reciente libro de Rolando Rojas

Lee la reseña sobre el libro “La revolución de los arrendires. Una historia personal de la reforma agraria” escrita por José Ragas ► https://bit.ly/35xTLuq

Aunque por décadas hemos buscado darle una cierta apariencia de objetividad y distancia a las investigaciones que realizamos, en no pocas ocasiones los temas escogidos resultan siendo producto de nuestros vínculos familiares y personales o de alguna experiencia cercana. Así, los esfuerzos por problematizar y encontrar respuestas a temas en el pasado terminan siendo realmente preguntas de carácter íntimo y personal, proyectadas hacia otra época y revestidas de hipótesis y sustentadas en legajos apilados en el archivo (o digitalizados en nuestra computadora personal).

¿Por qué habría de ser de otra manera? La idea de que la objetividad debía estar al centro de un relato puede haber apartado a los investigadores de cualquier conexión posible con sus temas y objetos de estudio. La idea de entrar en un archivo, como quien entra en un laboratorio esterilizado buscaba –de manera noble– evitar cualquier posible sesgo o distorsión al momento de escoger y estudiar un problema en el pasado. No es necesario invocar al postmodernismo –ni en esta ni en ninguna ocasión– para matizar el alcance del enfoque objetivo en una investigación y proceder a un cuestionamiento abierto y una invitación al diálogo. Por el contrario, la objetividad bien podía ser un instrumento manipulable para revestir de cierta fachada académica opiniones completamente sesgadas de manera deliberada.

En años recientes han aparecido libros que han tenido un impacto importante en la literatura de ciencias sociales basados precisamente en experiencias personales. Bastaría mencionar los trabajos de Lurgio Gavilán (Memorias de un soldado desconocidoCarta al teniente Shogún) y José Carlos Agüero (Los rendidos. Sobre el arte de perdonarPersona) sobre cómo el conflicto armado interno (CAI) los tocó personalmente, pero también habría que señalar que a medida que la historia se sacudía del corsé que la limitaba a cerrar su periodo de análisis en los años 30 del siglo pasado, los espacios que abarcan la experiencia directa, la memoria y la historia se comenzaron a sobreponer entre sí con más frecuencia y naturalidad. Aplicar los principios académicos para evitar sesgos debería ser tan válido para quien aborda coyunturas como el CAI al igual que quien escribe sobre los mochicas.

De ahí mi grata sorpresa con el libro de Rolando Rojas Rojas, La revolución de los arrendires. Una historia personal de la Reforma Agraria, publicado por el Instituto de Estudios Peruanos este año. No es casualidad que haya aparecido este año y no otro, para vincularse con la ola de conmemoraciones del medio siglo de la Reforma Agraria decretada por el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Sí es poco común, en cambio, que haya decidido contar una historia personal y restringida hasta ahora a las reuniones familiares y la memoria colectiva de sus parientes. El resultado es notable. La revolución de los arrendires es, en mi opinión, uno de los mejores libros que he leído este año, en un mercado editorial donde predominan las traducciones, las reimpresiones y los volúmenes editados antes que las monografías.

La “revolución” a la que hace referencia el título del libro y que constituye el eje de la narrativa es el movimiento colectivo de arrendatarios de tierras en el valle de La Convención (Cusco) a mediados del siglo pasado, años antes de la Reforma Agraria velasquista. Armando una narrativa que se detiene en coyunturas muy precisas, pero hábilmente articuladas con los grandes procesos agrarios y políticos del país, Rojas Rojas inserta la historia de su abuelo, sus padres y la suya propia en un arco temporal que se mueve por década y media entre La Convención, el Sepa y Lima (y en círculos concéntricos más amplios, con Cuba y Argentina, Hiram Bingham y la Universidad de Notre Dame). Esos dieciséis años, entre el disparo que mata a Larrea y el retorno de su abuelo y sus cómplices de la cárcel del Sepa son cruciales por cuanto ocurrió un quiebre estructural del mundo rural peruano, pasando de haciendas cercanas al sistema decimonónico a las cooperativas impulsadas por un gobierno militar reformista. El asesinato del hacendado Duque Larrea ordenado por Tomás Rojas Pilco –abuelo del autor– gatilla una serie de eventos que llevarán a explicar las razones que desencadenaron ese acontecimiento así como una serie de procesos mayores que se daban en la región. El dinamismo económico regional se combina con lo arcaico de las relaciones entre hacendados y arrendires, la aparición de un foco guerrillero donde confluyen diversas tendencias (la de Hugo Blanco, la de Luis de la Puente y el Ejército de Liberación Nacional de Javier Heraud) y la aparición del sindicalismo agrario.

Rojas Rojas se dedica a escarbar entre periódicos, expedientes judiciales, folletos y en los recuerdos de sus familiares y de quienes estuvieron involucrados en los diversos actos que llevaron a su abuelo a la cárcel y a su padre a militar en organizaciones de izquierda. La prosa es sobria sin abundar en detalles innecesarios. Los quince capítulos del libro transcurren de manera cronológica, pero flexionándose lo necesario para dar cabida a las historias de los actores que van haciendo su entrada en la trama principal. No debe ser fácil hacer públicos una serie de experiencias como la prisión de su abuelo, los apuros de los parientes y de su madre en particular cuando su padre es encerrado en prisión, las torturas que este último sufrió y el acoso al que se vio sometido su familia y él mismo cuando su padre entró en la clandestinidad al igual que su peregrinar entre Quillabamba y Villa El Salvador.

Recomiendo la lectura del texto de Rolando Rojas Rojas. Es una historia muy bien narrada, que integra el relato familiar y personal con el escenario macro, y que se aleja de cualquier indulgencia al momento de evaluar las acciones tomadas por los actores en ese momento. El libro confirma que siempre hay espacio para narrar de manera original un hecho como los cambios en la estructura agraria de La Convención y los movimientos sociales derivados a partir de dichos cambios. Una primera mirada por la bibliografía sobre el tema podría desanimar al más entusiasta de los tesistas, con trabajos realizados por el mismo Eric Hobsbawm y muchos otros más. La edición misma hace del libro un texto fácil de leer (en cuanto a tipografía y formato), además de que las fotografías, provenientes de álbumes familiares, permiten atisbar en otro tipo de historia paralela al de los relatos que ya conocemos. (Hay typos mínimos que fácilmente podrían ser corregidos para la próxima edición).

Ojalá que la lectura y difusión de La revolución de los arrendires inspire a otras investigadoras e investigadores a revisitar determinados procesos históricos desde una mirada más personal, permitiéndonos a los lectores entrar a archivos familiares que van a permitir contar una historia distinta del último siglo.