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[COLUMNA] Amenazas y resistencia, por Martín Tanaka

Lee la columna de Matín Tanaka, investigador principal del IEP, escrita para El Comercio► https://bit.ly/3cIO01F

"La precariedad del gobierno de Pedro Castillo y de nuestra representación en el Congreso se entiende mejor en medio de este cruce de corrientes". (Fotos: archivo GEC)

(Foto: archivo GEC)

¿Cuáles son las amenazas principales que penden sobre la democracia peruana? Hace algunas décadas, inmediatamente después de nuestras transiciones, la amenaza principal sobre las democracias en la región era una reversión autoritaria, la vuelta a dictaduras militares. Si bien los militares siguen siendo actores importantes, y en ocasiones cumplen un papel “dirimente” en los conflictos políticos, esa amenaza no parece ser la principal. Más adelante, nuestros diagnósticos llamaron la atención sobre los desafíos de las crisis económicas, y sus efectos sobre la pobreza y la desigualdad, que, además, podrían dar lugar a la irrupción de líderes demagógicos y oportunistas que una vez en el poder podrían debilitar el funcionamiento de las instituciones. En efecto, tuvimos en la década de los 90 una ola de “democracias delegativas”, asociadas a la implementación de reformas neoliberales. El fujimorismo fue parte de ella, que fue más allá y llegó a romper el orden constitucional en el año 1992.

En el nuevo siglo, con el “giro a la izquierda”, en algunos de nuestros países se instauró una corriente contraria a los valores liberales-representativos, en nombre de la reivindicación de formas de representación más “directas”; en realidad, se trató de un populismo de izquierda. Así, en algunas de nuestras democracias, el problema era defender el pluralismo y el equilibrio de poderes, mientras en otras, que continuaron por sendas más ortodoxas en lo económico, el problema siguió siendo dar una respuesta más eficaz a los problemas de pobreza y desigualdad. El Perú ciertamente resultó un caso emblemático de esto. En medio de todo, además, empezamos a registrar que, más allá de las diferencias ideológicas, la capacidad estatal para implementar efectivamente políticas, sean las que sean, resultaba fundamental. El desafío de construir un Estado con un cuadro burocrático y técnico eficaz se reveló como factor clave en medio de un ciclo importante de crecimiento económico (el ‘boom’ del período 2002-2013). Con mayores recursos también resultó clave la capacidad de poner freno a la corrupción. El crecimiento no solo hizo más atractivas las transacciones con los estados, también fortalecieron diversas mafias y actividades ilegales, que de diversos modos empezaron a infiltrar el ámbito político. Nuevamente, el Perú es un caso emblemático, con la extensión de diversas actividades informales e ilegales. Recientemente, en toda la región emerge una nueva amenaza: un populismo extremista de derecha, también con una retórica anti-establishment, que ataca también las instituciones plurales-representativas y a los avances sustantivos en ampliación de derechos en nombre de valores tradicionales.

En medio de esto, también logramos algunos avances relevantes. La dinámica de crecimiento generó un mínimo consenso alrededor de políticas de mercado y favorables al crecimiento; también alrededor de contar con instituciones más fuertes capaces de regularlo y fiscalizarlo. Nos fuimos convenciendo de la importancia de tener un mejor Estado y, en algunas áreas, intentamos realizar reformas. Avanzamos algo en áreas en las que parecía imposible avanzar, en sectores como educación, transporte, justicia, reforma política y servicio civil. Y ante la precariedad de nuestra representación política, otros actores empezaron a tener algo más de vocería: redes de expertos y técnicos, ONG e instituciones de la sociedad civil, diversos organismos internacionales, explican también que el Estado haya adquirido compromisos y esté sujeto a controles que limitan la toma de decisiones arbitrarias, que van desde contratos y garantías para inversiones, como compromisos ambientales y en materia de respeto a los derechos humanos.

Estamos ahora en una suerte de encrucijada. Los viejos desafíos siguen estando allí, no los hemos resuelto, pero aparecen ahora nuevos. La precariedad del gobierno de Pedro Castillo y de nuestra representación en el Congreso se entiende mejor en medio de este cruce de corrientes. Hasta el momento, en medio de todo, nuestro entramado institucional resiste. Pero es necesario ser conscientes de todo lo que está en juego para evitar que perdamos lo que tantos años ha costado construir.