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[COLUMNA] Los jóvenes desafectos, por Laura Amaya

La reciente encuesta del IEP aborda el nivel de participación en marchas durante el último año y las actitudes de la ciudadanía frente a las protestas en contra del gobierno o del Congreso. Se destaca que uno de cada cinco encuestados ha salido a marchar, siendo esta participación mayor fuera de Lima, en los segmentos socioeconómicos más bajos (D/E), en personas que se identifican como de izquierda y en aquellos que tienen 25 años o más. Llama particularmente la atención que, en el grupo de edad de 18 a 24 años, solo un 13% haya participado en marchas, siendo este segmento etario uno de los más representativos en este tipo de manifestaciones políticas, como cuando se dieron las protestas en contra de Manuel Merino en 2020. El pesimismo que impera en la mayoría de peruanos ha calado fuertemente en los más jóvenes quienes, al parecer, no encuentran una motivación que los aliente a involucrarse en marchas.

Cuando se pregunta por las razones por las que no se sale a marchar, los motivos aluden principalmente a la falta de tiempo o de recursos para movilizarse, pero también hay una fuerte sensación de que marchar no sirve de mucho y, en general, de poca identificación con las protestas. Sin embargo, un 72% reconoce que las protestas son necesarias para que el pueblo se haga escuchar, frente a un 18% que considera que estas perjudican la imagen y la situación del país. Complejo panorama el que se atraviesa: hay descontento generalizado frente a las principales autoridades, pero pocas ganas de enfrentarlo. Se adopta una actitud pasiva pues, en la práctica, hay temas más importantes que atender. Lo triste es que, sin jóvenes dispuestos a exigir cambios desde la sociedad civil, los únicos ganadores son los que siguen lucrando a costa de la desafección ciudadana.