Rodrigo Barrenechea: Represor por desesperación

barrenecheaNuestra democracia, siempre frágil, ha dado signos de alarma esta semana. Con un alcalde provincial preso y un presidente regional sobre el que pende una amenaza similar, parece ser que la política se está agotando y empieza a emerger la pura represión. Algunos me dicen que esta represión viene de la “derechización” del gobierno, puesto que este estaría convencido de que es imprescindible mantener el status quo, incluso “a la mala” si es necesario. No estoy de acuerdo con este planteamiento. Creo que, tristemente, las acciones represivas que estamos presenciando provienen menos de la convicción que de la desesperación. ¿Cómo llego a esta conclusión?

Retrocedamos. La represión que ejercía Alan García fue un claro ejemplo de la que se ejerce por convicción: había en el Perú un conjunto de “perros del hortelano” que eran enemigos del desarrollo capitalista y era necesario hacerlos a un lado. García tenía una fuerte convicción respecto al camino que había tomado -acaso resultado de su “síndrome del converso”- y por lo tanto existía un objetivo político mayor detrás de la “mano dura”.

A diferencia de aquello, creo que la situación del gobierno actual es bastante peor. A casi un año de haberse iniciado, es evidente que Ollanta Humala tiene muy pocas cosas claras. Su gobierno ha venido dando tumbos y tomando acciones erráticas, que eran esperables tratándose de una persona sin experiencia previa en algún cargo de elección popular y que afrontaba el reto de gobernar sin contar con una estructura política sólida y manejando un Estado raquítico. Ya se ha dicho muchas veces, pero es necesario repetirlo: Humala llegó sin contar con lo necesario para gobernar.

¿Qué hizo entonces que no se hundiera en la desesperación desde el principio? Aunque no del todo preciso, Salomón Lerner ofreció un rumbo en aquel momento, a través de una suerte de “pacto redistributivo”. El gobierno se comprometería a mantener niveles aceptables de orden social y a no modificar lo fundamental de las reglas de juego económicas. A cambio, los empresarios debían aceptar hacer algunas concesiones, como una mayor carga tributaria, el incremento del salario mínimo, la ley de consulta previa y otras. A este pacto, Salomón Lerner le colocó el rótulo de “crecimiento con inclusión social”. La “Gran Transformación” había sido abandonada.

Para llevar a cabo este plan, Lerner trajo consigo a un conjunto de personalidades, técnicos y políticos de izquierda que prometían convertirse en el personal político y de gobierno que Humala necesitaba. Sin embargo, pronto esta promesa mostró sus límites. El gabinete se vio debilitado en el contexto del conflicto en Cajamarca por la oposición al proyecto Conga. En aquel entonces, los dirigentes cajamarquinos llevaron la negociación hasta el límite y debilitaron la posición de Lerner frente a Humala. El Presidente veía mellada su autoridad frente a Gregorio Santos y los manifestantes, y su Presidente del Consejo de Ministros no parecía capaz de hacerla valer ni de convertirse en el garante del “pacto redistributivo”. A partir de entonces el gobierno entró en un segundo momento, pues con el cambio de gabinete y el reemplazo de Lerner por Valdés, se trazó un objetivo todavía más modesto: recuperar autoridad para el gobierno central. El “crecimiento con inclusión social” pasó a segundo plano.

Pero Valdés no es capaz de proveer los recursos necesarios para lo único que puede solucionar los conflictos sociales y recuperar autoridad: hacer política. El premier no tiene tras de sí una red de operadores políticos ni es capaz de movilizar la voluntad de la población para ofrecer el soporte que el gobierno requiere. Pese a ello, el nuevo Premier considera que la incapacidad para hacer política es una virtud, pues estima que “lo técnico” puede guiar una nación. Esta concepción se vio reflejada en una frase que encabezó la entrevista que ofreció el último domingo al diario El Comercio: “El gobierno no cuenta con técnicos suficientes para afrontar los conflictos”. Esto equivale a algo así como suponer que para producir una buena película basta contar con buenos actores.

En este contexto y con esta concepción de las cosas, los conflictos no tienen visos de solución ni forma de ser afrontados con ventaja. La autoridad del gobierno empieza a ser cuestionada, la desesperación crece y la represión comienza a ser la vía más tentadora para hacerle frente a la situación. Y aunque un quiebre de la democracia es poco probable en estas épocas, su debilitamiento y vulneración sistemática por el uso indiscriminado de la fuerza es siempre una posibilidad latente. Con instituciones precarias y una población con muy débiles convicciones democráticas, los incentivos son pocos para no seguir este camino. Sin embargo, el Presidente debe saber que si sus antecesores fueron capaces de no encarcelarlo a él cuando lideraba con gran sentido de oportunidad cuanta protesta aparecía en el país, hoy él debe estar a la altura del encargo que con tanto ahínco buscó por años y hacer frente a adversarios que actúan en los límites de la democracia y la ponen a prueba. Después de todo, ¿creía el Presidente que gobernar el Perú en democracia era fácil?

Fuente: NoticiasSER.pe