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[CRÍTICA Y DEBATES] Abimael Guzmán: dolorosas herencias de la violencia, por Ramón Pajuelo

La muerte del cabecilla de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán (1934-2021), cierra el telón del momento más trágico de la historia peruana previa a la actual pandemia de Covid-19. Desde su captura por las fuerzas del orden en septiembre de 1992, el desmoronamiento de Sendero Luminoso fue irreversible. El régimen fujimorista tuvo éxito al presentar dicho desenlace como resultado exclusivo de sus decisiones de gobierno. Por ello, la ecuación que identifica la eficacia del fujimorismo con la derrota de Sendero, se convirtió desde entonces en un ingrediente clave de las disputas por la memoria en el país. Este proceso aún no ha culminado. El ámbito de las memorias representa, justamente, una de las heridas abiertas y activas de la sociedad peruana de posguerra interna.

Durante los meses previos, la crispación política electoral reavivó las discrepancias en torno a los hechos de la violencia reciente, sus razones y consecuencias. A ello se ha agregado ahora la desaparición de Guzmán, cuyo cadáver pasó súbitamente a ser el objeto de nuevas disputas discursivas. Esto no es una novedad, pues desde siempre los muertos han jugado un papel crucial en las luchas de los vivos. Lo que cambia y refleja correlaciones de poder específicas que cabe considerar, son las situaciones que conducen a ello. En el Perú de estos días, parece reabrirse la necesidad de explicar y comprender la experiencia traumática de nuestro pasado violento. No es casual que ello ocurra en un contexto de crisis múltiple –sanitaria, política, económica, etcétera– que multiplica las sensaciones de temor, riesgo e incertidumbre.

La desaparición de Guzmán dará pie a nuevas maneras (y condiciones) de elaborar recuerdos, narrativas y silencios sobre el pasado reciente de horror y destrucción nacional. Otras batallas de memoria. A dicha tarea se abocarán, queriéndolo o no, con mayor o menor conciencia crítica, con mayor o menor interés utilitario respecto al pasado, las personas que vivieron en carne propia el trauma de la violencia, pero también las generaciones venideras. El cambio generacional será un elemento fundamental de los futuros recuerdos y relatos colectivos sobre la tragedia que enlutó a tantos peruanos y peruanas.

El fujimorismo y una nueva derecha fundamentalista surgida en los últimos años, no miran ni entienden el país que existe más allá de sus narices. Parapetados tras el sentido común hegemónico impuesto por la dictadura de los 90s (esa memoria emblemática de los vencedores, a decir del historiador Steve Stern), son simplemente incapaces de comprender la dimensión de lo ocurrido a consecuencia de la inmisericorde ideología de Guzmán, como de los errores de la política contrasubversiva estatal. Peor aún: ni siquiera parece importarles la existencia del resto del país ubicado más allá de su espacio inmediato de comodidad. Pero así como la historia siguió su curso por encima de las alucinaciones espeluznantes de Abimael Guzmán, ahora siguen produciéndose nuevas transformaciones sociales que sacuden dicha comodidad. La respuesta de una parte de las élites actuales del país, ha sido el ensimismamiento en un pasado que buscan acomodar groseramente a sus necesidades, como pudo notarse en las últimas elecciones. Lamentablemente, nuevas fronteras de distinción social (reales e imaginarias), parecen retroalimentar memorias particulares que desalojan la existencia de los demás, de los otros, en condiciones de igualdad y pertenencia común al país. Sin embargo, irónicamente, dicho autoencierro en la memoria hegemónica victoriosa del fujimorismo, genera sospechas y abre puertas a nuevas preguntas incómodas.

Alberto Fujimori se colocó a sí mismo en el pedestal del vencedor que derrotó a Sendero Luminoso. Ello implicó una operación doble: la completa demonización de los enemigos terroristas, pero también el silenciamiento de las atrocidades cometidas en nombre de la defensa del país y del Estado. Una memoria emblemática democrática requiere sacudir los velos de olvido y manipulación que aún envuelven –a pesar del esfuerzo realizado por la Comisión de la Verdad- tantos hechos irreparables que costaron la vida de casi 70,000 personas. No es solo una deuda pendiente de la derecha con el país que proclaman querer y defender. También en la izquierda se requiere asumir un horizonte político realmente democrático.

En realidad, durante la infausta década de 1980 el desmoronamiento de Sendero se había iniciado tempranamente. Escenario de ello fueron las zonas rurales en las cuales dicha organización desplegó sus acciones, buscando arraigar su proyecto y legitimar su discurso. Pero algo no funcionó desde el principio: la retórica senderista no calzaba con una realidad completamente distante de sus postulados. Si bien la oferta de imponer justicia y construir un nuevo Estado despertó interés y hasta cierta aceptación, rápidamente se puso en evidencia el rechazo abierto de los campesinos a las imposiciones, abusos y asesinatos cometidos por los senderistas. Fue el caso de las punas de Huanta, donde muy temprano, al menos desde 1982, el enfrentamiento entre las comunidades y Sendero Luminoso multiplicó la violencia, frente a la lamentable ceguera e inacción del Estado (en ese contexto ocurrió la masacre de un grupo de periodistas en Uchuraccay, por parte de los campesinos aterrados frente a un inminente ataque senderista). Durante los años posteriores, la militarización de la situación agravó el vendaval, desatándose el horror que hasta ahora muchos se niegan a ver, a pesar de las evidencias sobre las masacres y crímenes de lesa humanidad cometidos por los diversos actores enfrentados.

Hacia el final de esa década, el paroxismo de la alucinación y ceguera de Abimael Guzmán, le condujo a creer que su organización se hallaba en una situación de “empate estratégico” frente al Estado. Pero la realidad, ensombrecida por la crisis espantosa que vivió entonces el Perú, era muy diferente. El resultado fue evidente luego de su captura, pues el senderismo se desplomó cual castillo de naipes. Tal colapso implicó también el fin del mito construido en torno a la figura de su jefe. Fue la primera muerte (simbólica y política) de Guzmán. El mito resultó derrotado por el rechazo frontal de aquellos a quienes buscaba controlar (tales como los comuneros organizados en rondas y comités de autodefensa), así como por el empeño de un selecto grupo de investigación policial (el GEIN). Por supuesto, esto no impide reconocer el mérito del gobierno en su conjunto, en torno a una captura que representó el triunfo estatal peruano sobre la amenaza más seria de su historia posterior a la guerra con Chile.

La violencia que sacudió al Perú durante las dos décadas finales del siglo XX, alcanzó una magnitud que no se agota en las terribles estadísticas de mortalidad y destrucción material ocurridas entonces. Fue el resultado de una decisión política que lanzó a los senderistas al sueño demencial de buscar destruir el Estado peruano, con el fin de reemplazarlo por un nuevo orden comunista regido –según su tétrica advertencia– por los mil ojos y mil oídos de su partido: el PCP-Sendero Luminoso. Dicha decisión tuvo nombre propio: era la voluntad de Guzmán reflejada en un partido que, justo en el preciso momento del retorno del país a la democracia, se lanzó a probar a sangre y fuego que poseía una verdad supuestamente científica e irrefutable, cuya última garantía era la presencia invisible y ubicua de su jefe fundador.

El vértice del partido era el cuerpo viviente de Abimael Guzmán, convertido por el fanatismo de su autodiscurso en el mito del presidente Gonzalo. Para sus adeptos, éste representaba nada menos que la encarnación máxima de la evolución de la materia viviente. El fundamentalismo senderista les condujo a pensar que la realidad del Perú de la década de 1980 correspondía a una sociedad semifeudal y semicolonial, sobre la cual prevalecía la careta de un Estado burgués. Dicha interpretación no solo era errada, sino también completamente pasadista y hasta reaccionaria en términos intelectuales, pues eliminaba de su interpretación los enormes cambios modernizadores y democratizadores protagonizados por las clases populares. Atrapada en su burbuja de culto a la personalidad de Guzmán, la ideología de Sendero Luminoso se hallaba lejos de comprender el panorama bullente y conflictivo de una sociedad que llevaba varias décadas de transformaciones profundas y aceleradas, reflejadas en el declive de un régimen oligárquico que, con el fracaso del gobierno militar, cedió paso a una democratización nacional de rostro popular.

De allí que la lucha armada senderista terminara estrellándose frente a los resultados de sus propias acciones de terror. Incapaz de ser la partera de la historia, terminó representando una pesadilla: la piedra en el camino de un país que la alucinación ideológica de Guzmán le impedía comprender en toda su complejidad y riqueza. La modernización veloz del capitalismo periférico peruano, tanto como la expansión del Estado, el mercado y las nociones de ciudadanía, se encontraban muy lejos del diagnóstico arcaico y completamente anticientífico que Abimael Guzmán había producido para entronizar su propia mediocridad intelectual y teórica. Cabe pensar, por ello, que la ironía trágica e irreparable del senderismo, consistió en glorificar un supuesto pensamiento correcto que, en realidad, solo garantizaba su propia derrota. Contrariamente al paroxismo de la prédica senderista, podríamos destacar que el cerebro de Guzmán era justamente la garantía del fracaso de su partido. Desgraciadamente, ello quedó demostrado a costa del dolor y sufrimiento de tanta gente.

Hasta su captura por las fuerzas del orden en septiembre de 1992, Guzmán era para sus seguidores una expresión de la materia que prácticamente nadie podía ver, pero que siempre estaba allí: presente y vigilante, a modo de garantía del curso de la historia que, al fin y al cabo, parecía provenir de sus ideas (el pensamiento Gonzalo). Posteriormente, hasta el momento de su deceso, siguió siendo una presencia prohibida, aunque más bien irradiaba una sensación de inevitable decadencia, de estafa irreparable, de fiasco descomunal de la materia en movimiento. Así, el cuerpo preso de Guzmán/Gonzalo terminó siendo, de alguna manera, la evidencia del fiasco de su propia alucinación ególatra, pero también –cuánto duele decirlo- un fragmento de los propios despojos del país de posguerra que es el Perú actual.

Nadie, salvo las autoridades pertinentes, ha visto directamente el cadáver de Guzmán. Sin embargo, todos hemos podido apreciar que ha saltado al centro de un debate incómodo y todavía lacerado sobre nuestro futuro inmediato. Es decir, sobre el rumbo del país en relación a las dolorosas herencias de la violencia que nos tocó vivir. Tras más de una semana desde su fallecimiento, el cuerpo de Guzmán continúa depositado en una morgue, a la espera del cumplimiento de la decisión de incinerarlo y dispersarlo en algún lugar desconocido. El espectáculo de indecisión gubernamental y un debate parlamentario irritante, plagado de mentiras y tergiversaciones interesadas, mostraron también la necesidad de continuar bregando por la construcción de una memoria democrática nacional. Una memoria que ponga por encima la condición humana de todas las víctimas y sus deudos. Una memoria capaz de ayudarnos a reconstruir, crítica y solidariamente, un rumbo auténticamente colectivo como país.