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La democracia varada por Romeo Grompone

Conviene en algunas coyunturas políticas –por lo menos en opinión del autor de estas líneas- tomar un tono menos aseverativo, reticente a formular opiniones con contundencia y sin fisuras. Quizás obre también en esta manera de entender las cosas la incidencia de situaciones dramáticas vividas o en donde al menos no era sencillo definirse, lo que lleva a matizar, y en contadas ocasiones rectificar lo inicialmente pensado. Esta actitud deja de lado la “frágil felicidad” de la búsqueda del primer acuerdo y a formular ideas, expresadas con el aire de seguridad con el que van a la caza los apresurados buscadores del consentimiento al instante.

Acaso los riesgos que acosan este presente es propio de una democracia en que nos movemos desde la excepción, de lo imprevisto, de lo que irrumpe tomándonos por sorpresa y hasta pretendiendo que así sea. Se trata de algo distinto de pasar por alto la constitución y las leyes.  Pero que acudan en tropel constitucionalistas, expertos en funcionamientos del congreso, politólogos para interpretar las decisiones estratégicas del gobierno, indica que sucesos muy radicales están ocurriendo en lo relativo a las reglas de juego del sistema, si al fin, es de reglas de lo que se trata.

El politólogo Don Slater señala que el  actual contexto internacional nos lleva a pensar que algunas democracias  más que discurriendo entre el colapso  o la consolidación, parecen estar encalladas, sujetas a movimientos que cambian de dirección una y otra vez, impredecibles y alarmantes. Y al fin no sabemos hacia dónde vamos y solo tenemos  atisbos de lo que nos espera.

En esta situación en que nos encontramos, inciden con fuerza las relaciones de mutuo cuestionamiento y hasta polarización entre los poderes del estado y la de estos con el control de la sociedad, la llamada accountability vertical. La primera se plantea en el Perú en todo su radicalismo, en la segunda más que a la necesaria coexistencia de sociedad y opinión pública asistimos a la transmutación de la primera en la segunda. La sociedad y sus raleadas organizaciones  pueden prestar  algunos consentimientos pero no parecen estar dispuesta a movilizarse. Así que solo contamos con ´elites”, o quienes pugnan por serlo, quizás más amplias en su procedencia que en otros períodos de nuestra  historia pero aisladas, sin espacio para un ejercicio de representación, a veces pretendiendo obrar como una suerte de conciencia moral que gira en el vacío.

Es cierto que una oposición irreductible del fujimorismo y del aprismo en el congreso protegía a funcionarios corruptos, dilataba discusiones al punto que importaban tanto las decisiones que tomaban desde su postura de oposición como todas aquellas en que no  manifestaban decisión alguna, así como las distorsiones  a las  propuestas del Ejecutivo aunque ello no sea la razón excluyente de los problemas de las políticas gubernamentales.

En este marco es que surge el tema de las reformas institucionales. La mayoría son razonables Queda la duda sin embargo si a Vizcarra le interesaba ante todo los cambios constitucionales y legales que el sistema requería o más bien destrabar una situación de bloqueo buscando el apoyo ciudadano. Todos estos objetivos pueden jugar a la vez, es cierto. Pero se ingresa a este escenario a pie forzado imponiendo la idea de la no reelección de congresistas que pocos o más bien ningún especialista la comparte y la renuncia a la bicameralidad acaso por la resistencia del congreso a promoverla  pero donde el Ejecutivo no pareció dispuesto a dar la batalla, acaso por el riesgo de perder apoyo social.

El autor de este artículo, más allá del rechazo de los nuevos candados puestos por el congreso, no está muy seguro de las ventajas de la propuesta que  la inmunidad de los y las congresista sea  decidida por la Corte Suprema de Justicia. Más aún, en el contexto de un sistema judicial no reformado aun de modo radical, expuesto a estar sujetos a presiones o vínculos de hecho  con grupos de poder.

Y entramos en una vertiginosa marcha a pie forzado para llegar a las elecciones desde el plazo previsto por el Ejecutivo. Por lo  pronto algunas reformas no podrán aplicarse o habrá que recurrir a nuevos cambios legislativos. Para las primarias de los partidos no habrá tiempo  Se presentarán dificultades aun  para la realización de elecciones internas en los partidos ya constituidos. Las organizaciones políticas  que se han esforzado por surgir no dispondrán de plazos legales para su habilitación. Se debe proceder a apresurados, y por ahora inciertos cambios, para garantizar alternancia y paridad de género aun dentro del esquema gradualista establecido. En fin, lo que se quiso hacer en estos temas ya no parece estar en el horizonte de cambios.

Transitar por el adelantamiento propuesto por Vizcarra a través del  congreso requiere de mayorías con las que no parece contar el Ejecutivo y, aun cuando pudiera, cumplirse en el período supone correr contra el reloj.  Estamos en el tema sumidos en la incertidumbre. La alternativa de la renuncia del presidente  y de una vicepresidenta no consultada alrededor de una grave decisión que la concernía directamente, colocaría a Olaechea en el interregno en el gobierno en un contexto de inestabilidad política cuyas consecuencias no es del caso valorar aquí, pero que no irían en todo caso en las líneas de la situación que se imagina Vizcarra.

En otro plano, y aun cuando se afirme la separación de poderes como un rasgo institucional a defender, pensamos que la Fiscalía y el Poder judicial han dependido históricamente  de lazos informales con el ejecutivo y el legislativo. Con los cambios vamos a estar expuestos  a nuevas amenazas expresas o latentes que podrían afectar la lucha contra la corrupción.

Sigue sobrevolando en nuestra convulsa política quienes invocan en el extremo la vacancia y en el otro un nuevo pedido de confianza, de extremarse las oposiciones. Se adivinan constantes nuevos comienzos y bruscos cambios de escenario en el mismo momento en que se quiere hacer una transición. Y viviendo el país la zozobra de tantos desenlaces abiertos y tantas tareas por resolver deben perfilarse inevitablemente  campañas electorales. Demasiadas cosas a la vez, demasiadas direcciones disparadas al mismo tiempo hacen que cueste encontrar principios de orden y coherencia, necesarios incluso para impulsar cambios en profundidad.