Centro de pensamiento e investigacion en ciencias sociales

Mirando la gobernabilidad por Hernán Chaparro

¿La indignación ciudadana con la corrupción en la política, o simplemente con la política, ayudará a la democracia o terminará siendo el soporte de su retroceso? ¿Cómo asimila la población todo lo que se viene experimentando? Hemos visto en un estudio realizado (Chaparro 2018)*, que es una resultante de las deficiencias que arrastra el sistema político es una difundida desafección ciudadana.  Aproximadamente la mitad de la población vive desconectada de los asuntos públicos porque percibe corrupción, injusticia, pocos canales de participación y escaza voluntad de cambio.  Se vincula con lo público solo de manera circunstancial, por obligación, escándalos o en función a temas que los afectan personalmente.

Sin embargo, también identificamos otros segmentos.  Están los que se vinculan desde la crítica y rechazo permanente y hay quienes sí participan en organizaciones de tipo local (barriales, escolares, etc.), social (movimientos sociales) o político.  A pesar de estas diferencias, el apoyo a un gobierno de “mano dura”, en particular para combatir la corrupción y la delincuencia (80%), está muy generalizado. ¿Qué se entiende por esto? Que en democracia, (no en un gobierno autoritario), se haga cumplir las leyes, se haga justicia, se muestre firmeza contra la corrupción y la delincuencia (GfK, junio 2015).

Es una forma de pedir cambios radicales ahí donde se ve poca voluntad de cambio.  La indiferencia y la desinformación es un síntoma que esconde indignación.  Permite entender cómo es que, cuando se pregunta directamente por la reforma política (una forma de luchar contra la corrupción) esta recibe un mayoritario apoyo, aunque solo un tercio esté informado sobre la propuesta planteada por el ejecutivo al congreso.  Esta demanda está hace tiempo en la ciudadanía y explica el entusiasmo que despierta el accionar de los fiscales en el caso Lava Jato o el apoyo que tuvo Vizcarra cuando planteó el referéndum para la reforma del sistema de justicia.

Hay que añadir que el crecimiento económico y del mercado, la expansión del sistema educativo, así como el acceso a medios sociales han empoderado de manera directa o indirecta a la población.  ¿Es esta indignación, expresa o soterrada, un ánimo republicano? Si y no.  Se mueve en una zona intermedia donde es la sociedad civil, el sistema político y sus líderes quienes tienen que asumir y canalizar esa particular forma de pedir justicia e igualdad; mostrando que se puede ser firme contra la corrupción, plantear cambios y cumplir con la ley siendo demócrata. La historia muestra que muchas veces esa demanda por firmeza para alcanzar justicia, al no darse y/o verse cambios en el sistema, se canalizó a través de populismos, gobiernos autoritarios o violencia.  El sistema político tiene que estar abierto al cambio para organizar esa energía y fortalecer la institucionalidad. Poco ayuda el cinismo como aliado en la acción o el análisis.  En ese contexto, el debate serio de la reforma política es una oportunidad para que la justicia y la democracia conversen y se fortalezcan.

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*Chaparro, 2018. Afectos y Desafectos. Las diversas subculturas políticas en Lima. IEP.